jueves, 20 de noviembre de 2008

Perfil del psicólogo social.



Cynthia Henriquez

El posicionarse como profesional de la psicología en una sociedad cuya complejidad nos exige el perfeccionamiento continuo es ciertamente un desafío. Un desafío que puede volverse una tortura cuando ni siquiera tenemos claro qué esperamos de nosotros mismos.

Hoy, en ciernes a egresar me pregunto si nosotros, los psicólogos (as) que optamos por las líneas sociales compartimos un perfil genérico, más allá de lo que se nos dice en los primeros años académicos.

Recuerdo que en el pasado escuché que el psicólogo social, es un hippie que hace unos bailecitos y luego se va, también oí de aquel que parecía un mago, ya que se ocultaba en su oficina, donde en absoluto secreto hacía los trucos para “reparar” a las personas.

De los psicólogos sociales de nuestra universidad escuché que se destacaban por ser ordenados y emplear métodos pertinentes (¿cuáles?, nadie especificó). Dichos comentarios me parecieron en su ocasión simpáticos, anecdóticos. Recién ingresada a la carrera, lo que más me interesaba era saber cuáles eran las técnicas que uno podía emplear y qué éramos. En definitiva, esos comentarios sólo aumentaron mi confusión. Ahora veo que la confusión es necesaria para elaborar nuestros propios supuestos y que las técnicas sí son importantes pero no son lo único. Eso compañeros fue lo que pude captar en estos cinco años.

En este artículo espero poder plasmar cómo veo al psicólogo social, de partida indico que es un soñador, empoderado de su labor en la comunidad, y que emplea técnicas e instrumentos propios; ordenado y metódico (competencia que es bien valorada, así que no se ofendan aquellos que tengan una vena creativa, porque lo uno no excluye a lo otro)

Por supuesto, desde ya informo que el positivismo no es lo mío, por tanto, olvidaos que estas líneas trasnochadas les entregarán algo llamado verdad (solo es mi visión de mundo que les puede orientar en algo, como mucho).

El perfil de psicóloga que he formado en mi cabeza se compone de imágenes, frases sueltas y profesionales, que poco a poco, mediante la propia experiencia y algunos retazos de lucidez he articulado. De partida, se agradecen todas aquellas teorías, psicólogos, filósofos, charlatanes, etc. que dialogan constantemente en mi interior, la mayor parte, muertos hace rato y conocidos solo por medio de fotocopias.

Esas lecturas nos forman y deforman para siempre, son los pilares sobre los cuales construimos nuestra realidad, el punto de partida, antes de la operatoria misma, del quehacer profesional. Son la materia prima para hacernos un mapa del mundo. Podemos discutir, estar de acuerdo o crear algo simpático gracias a ese cuerpo de conocimientos. Estas lecturas nos enseñan a relativizar nuestros juicios, a reírse de uno mismo, nos permiten ver al ser humano y la sociedad desde otro punto de vista. Un proceso dialéctico donde enfrentamos nuestra propia socialización.-la cultura del no-pensar, la farándula y otras hierbas de esa índole.- con muchas teorías y experiencias que nos obligan abrirnos de mollera.

En la Universidad se nos entregan elementos epistemológicos, formas para ver el mundo; trozos de un mapa “ultra- mega” fragmentado, las cuales debemos armar año tras año, porque no podemos quedarnos solo con las directrices huesudas, oscuras y difusas que nos entregan, si lo hiciésemos seríamos de partida unos idiotas, y en segundo lugar pensaríamos que el ser humano es un saco de neuronas, de cajas negras; (muy) enfermo casi siempre; una cosa bien amorfa, con miles de procesos separados que anda de crisis en crisis, sometido a fuerzas sociales omnipotentes, paranoicas y punitivas.

Cuando tenemos en nuestra cabeza un mapita más menos coherente, dicha elaboración, sólo sometida a la experiencia, adquirirá sentido, porque sólo frente a un otro, llámese cliente, paciente, sujeto social -cualquier etiqueta que nos plazca utilizar- veremos si le atinamos o no. O sea, en la práctica misma es donde adquieren sentido la tropa de señores muertos. Si no nos resulta debemos seguir dialogando con nuestras teorías y atrevernos a conocer otras que nos ayuden a comprender. Entonces, cuando entusiasmados, decimos: ¡EUREKA!, y probamos la décima maravilla del mundo, puede o no darnos frutos. Si es negativo, si algo falla… nos desanimamos, la lloramos y de vuelta a construir castillos. Esa, es una de las mejores partes del psicólogo (a), su amor por teorizar y analizar la realidad… ¡y claro construir castillos!

Un psicólogo debe ejercitar y probar sus límites, todos sabemos dónde nos aprieta el zapato y si no lo sabemos, debemos probar y ver. Una característica común es nuestra alta tolerancia a la diferencia, a la discriminación positiva hacia lo minoritario, a la diversidad. Fundamental, puesto que casi siempre trabajaremos con aquellos que nadie quiere (y que no se quieren de paso). Buscaremos soluciones, alternativas para mejorar en algo su calidad de vida, sin esperar las gracias, ni un monumento y cediendo el protagonismo a los grupos, a las personas. El psicólogo es aquel que colabora junto a otros (asistente sociales, educadores populares, profesores, abogados, etc.) para armar un escenario social con variadas alternativas benignas y entusiasmados, esperando que ocurra lo mejor.

Podemos trabajar con las minorías y los excluidos porque empleamos criterios anexos a la moral de lo bueno v/s lo malo, blanco/negro (pensamiento dicotómico). Gracias a un sinnúmero de circunstancias aprendemos que todo está en escalas de grises, donde lo entretenido es poder percatarnos de las sutilezas que hay en la compleja realidad, ver los hilos que se tejen en nuestras prácticas cotidianas, de poder problematizar aquello que se toma como natural, de tomar conciencia de que las cosas suceden por muchos factores ¿Qué variables se involucran en tal o cual fenómeno?, bueno esa es precisamente parte de nuestra pega. La otra es tratar de modificar en algo las circunstancias para colaborar en mejorar la calidad de vida del sujeto o grupo.

Cuando uno se inserta en la sociedad y realiza trabajos con grupos, colectivos, personas debe comprender que intuitivamente,( como comprendí yo en mi práctica) aplicamos un método que nos diferencia en algo del resto de los profesionales sociales[1].

La profesión del psicólogo (…), el arte de derivar conclusiones suficientes a partir de premisas insuficientes (Samuel Butler)[2]

Primero tratamos de hacernos un panorama de las personas insertas en un contexto, analizamos tanto las características de los sujetos y del entorno. Esto nos arrojará un diagnóstico de un problema, aquí debemos planteamos algún problema solucionable. Es un arte esto de buscar problemas solubles, porque muchas situaciones son “curiosas” o están normalizadas. Entonces viene uno y lo debe problematizar, con todo lo que eso conlleva, o bien, se visualizan como problemas por todos, pero éstos se escapan de nuestras competencias. Considerar aquellos aspectos que nosotros controlamos y aquello que se nos escapa, es un tema de atribuciones, y de responsabilidad, lo que en muchas ocasiones nos provoca malestar, porque con nuestra buena onda tratamos de solucionar TODO, es decir, que las cosas se den….y en muchas ocasiones sucede que simple y llanamente no se dan. Muchos dicen que la alta tolerancia a la frustración es un requisito y competencia genérica para nuestra profesión, pero, ¿A qué se refiere esto?

…Que por muy lindo que nos quede el taller si la gente no llega, se nos va a las pailas el mismo. Que a pesar de buscar lo mejor para el grupo, el propio organismo al cual rendimos cuentas nos dificulta lograr los objetivos. A que uno tenga que hacer hordas y hordas de papeleo y patear mentalmente a la U’ por no decirnos ni enseñarnos eso. Así, llega a ser preocupante la cantidad de horas que se van en rellenar papelitos e insertarse en la burro-cracia (porque bien burros son a veces los conductos regulares).

Uno debe estudiar y prepararse para tener en la pequeña cabeza unas cuantas soluciones posibles, a la vez de tener la flexibilidad de que el grupo/ o la persona busque otra igual de buena y que a nosotros se nos escapó. Solicitar ayuda si nuestra musa inspiradora se fue de vacaciones, y facilitar más que ordenar los cambios. El respeto por los otros es sagrado.

Tener siempre en todo momento y lugar presente el grupo o persona con que trabajamos parece algo obvio, pero en la práctica no lo es tanto, sé de varios psicólogos(as) que aplican al estilo “copypaste” un taller diseñado para niños a un grupo de adultos mayores o uno trazado para un colegio privado de Santiago a uno municipal de Forestal o Concepción. Este es uno de los grandes errores que como profesión tenemos, porque diagnosticamos mal, o no dedicamos el tiempo suficiente en planificar los talleres, lo cual en la práctica hace que éstos suenen a cosas de marcianos o irrisorias.

La variable dependiente a modo de metáfora es siempre el resultado que buscamos, por el cual nos arrojamos, es decir si yo hago esto es posible que ocurra esto otro. Estilo Efecto mariposa.

Debemos ejecutar nuestras acciones siempre empleando criterios. Son tantos los procesos inmersos en el hombre que muchas cosas se nos escapan, por muy certero que sea nuestro diagnóstico y planificación, sólo mediante la práctica se desarrolla el famoso “ojo clínico”[1]. Desde ya la recomendación es mezclar el orden de un programa con la flexibilidad propia del ritmo que lleva el grupo o persona, no perder de vista jamás los objetivos fundamentales ni los sujetos.


Freud dijo”( …) nada es tan apasionante como la manifestación de los procesos psíquicos ocultos…”[2].

Y por ultimo, saber que todo lo que nosotros hacemos debe tener indicadores, es decir, nuestro quehacer será sometido a evaluación de nuestra parte y por terceros, que no quede como “por aquí paso… y se perdió”. Debemos reflexionar sobre nuestras prácticas, ser sensibles al cambio, a comprender que todo es mejorable, a buscar el conocimiento de la realidad misma y sistematizarla en documentos, cosa que otros puedan acceder al saber logrado. Aprendamos a visualizar y compartir nuestra labor, que el psicólogo social deje de ser visto como un chanta que hace un par de bailecitos y que luego se va, dejando todo igual. Debemos mostrar técnicas e instrumentos que revelen el logro, las dificultades, los procesos que llevamos a cabo, en fin que demuestren nuestra labor.

Al final ocurre que, en nuestro quehacer, de repente nos sale todo maravilloso, entonces nos asombramos y decimos ¡no sé como lo supe!, pues bien, he escuchado una frase que para mí adquiere sentido: La intuición educada que junto al ojo “clínico” y el orden diferencian a un profesional esforzado de uno mediocre, ¿por qué? Porque estos atributos no nos llegan del cielo, no son un don, sino competencias que se trabajan, que son paridas con esfuerzo constante, perfeccionadas con ahínco y nunca dadas por ganada (¡cuidarse de la vanidad profesional!)

Finalmente reflexiono… ¿Por qué termino esta carrera?, está ultra colapsada, mal mirada y pagada (¡no lloren!, tampoco es tan así, exageré para aumentar el dramatismo). La verdad es que la psicología ejerce una fascinación tremenda en mi corazón (más que en mi cabeza), es un tema de guata, de desafío personal, de espíritu de aventura, de hambre… de no poder concebir no serlo… así de sencillo, así de complejo.

[1] Que no se asusten ni desanimen pensando que no podrán desarrollarlo tampoco aquellos que están los primeros años de la Universidad. Solo deben “arrojarse” al mundo de manera responsable y tratar de hacerlo lo mejor posible. Todo es experiencia, todo lo que hagamos nos enseñará y al final verán que el cartón de título es sólo eso, un cartón, ustedes deben ver el mundo desde ya!! ... vamos ¿qué esperan?.

[2] Leonardo da Vinci, nueva York, random house, 1947


[1] Considero que es necesaria la diferencia entre los psicólogos y el resto de los profesionales sociales, no por un tema de vanidad sino más bien de complementariedad en la labor que juntos realizamos para y por la comunidad.

[2] Arieti, s, interpretation of schizophrenia. En Test proyectivos gráficos E. Hammer